23 enero 2009

Los perros mueren en el desierto

Anoche me reuní con Iván y el resto de mis editores. Lo llamé al mediodía porque la novela estaba adquiriendo pasos de comedia y necesitaba reírme con alguien así que me preguntó si tenía algo para mostrarles y le dije que tenía un work in progress pero que no me gusta mostrar nada antes de terminar. Me dijo que nos podíamos juntar a la tarde así charlábamos del tema y que llevara, aunque sea el principio, para que lo fueran leyendo. Acepté. Imprimé lo que tenía, casi un setenta por ciento de la novela, me senté a corregir algunas cosas y con la música de Natural Born Killers salí de mi casa. ¿Dije que me gusta salir de casa con la música sonando? Es así: programo el equipo para que se apague solo diez minutos después de mi escape. Me gusta escuchar música mientras espero el ascensor. Entonces llevaba los papeles en la mano y crucé la calle, compré cervezas y llegué hasta la casa de Iván, que vive a pocas cuadras del cementerio. Mientras esperaba que bajara a abrir pensé en estos pocos días que llevaba con la novela. Digo: escribiéndola, porque la había pensado durante mi estadía en el bosque. Una vez Norman Mailer dijo que si le preguntan de qué depende el trabajo, la palabra clave (y una palabra desdichada, dijo), era resistencia. Escribir a menudo depende de la capacidad de mantener la fe en uno mismo. En estos días varias veces me despertaba ateo y dudaba de poder terminarla antes de febrero, pero soy cabeza dura y aquí estoy, a pocas páginas del final (pero, claro, las más difíciles). El otro día lo hablaba con Ella Fitzgerald: lo único que tengo es voluntad, le dije, y ella respondió que eso ya era mucho. Quizás tenía razón. Anoche, sentado en el living de los editores, mientras el "manuscrito" daba vueltas a la mesa y los tres hacían comentarios positivos sobre el texto y principalmente sobre la historia, me sentí casi como Dick que escribía de una semana a otra, sin parar, como en trance. Y mostraba y publicaba y cobraba su dinero y ya estaba en otra historia. Un escritor profesional. Igual fue extraño que cuando todavía me falta el final de la novela los editores ya piensen en la tapa, que al parecer la haría una fotógrafa que conozco y que trabaja muy bien: Lola. Terminamos comiendo en La Luli de Aguirre y Juan B. Justo, a la una de la madrugada después de discutir sobre literatura, revolución y política argentina, como suele suceder. Y por ahora descarté un título que era más bien pulp como "los perros mueren en el desierto". Veremos cómo sigue.

3 comentarios:

V dijo...

"Los perros mueren en el desierto" me parece un buen título, Prats. ¿Por qué lo descarta?

a. prats dijo...

Lo usaré más adelante. Quizás tenga otro mejor.

Trescaídas dijo...

Sí, Norman Mailer también dijo que un escritor profesional es aquel capaz de escribir aún en un mal día... suena razonable.