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26 enero 2009

Fin

Son las 21.45.

Cosas que te pasan si estás muerto

Está confirmado: los Prats escucha tendrán su versión en vivo. Sesiones Prats, Prats escucha o como quieran que se llamen. Cualquier viernes de estos, pre dancing en un bar del Nuevo Bajo. Ya les contaré. Por ahora me detendré en las cuatro horas que pasé ayer en Malba, viendo las extraordinarias historias de Llinás, que de extraordinarias tienen algo: esos momentos en la cena de los viejos del club y la lectura de sus pensamientos como así también las comidas en casa del hombre de campo y sus hijas donde cae Zeta, la historia de Lola Gallo que me pareció muy interesante, además del recurso de contar la historia tipográficamente y con la cara de Spregelburd sólo en fotos. Llinás tiene momentos. Historias extraordinarias son momentos. Y al salir de la función uno podría decir, como dice Casas sobre Aira: ¿Llinás nos cagó? No lo creo, pero seguro que se ríe desde la sala de proyección cuando aparece el remate de la Lucky Song. Me fui, comí tallarines con salsa en una casa donde la canilla del baño no dejaba de largar agua, hablé de energía renovable, de los festivales que se hacen en el mundo con esa energía, de los que se piensa hacer en la Argentina, hablé de tantas cosas hasta las dos de la mañana que no vienen al caso. Lo curioso es que al llegar a casa parece que había fiesta en algún rincón de Chacarita. Se escuchaba música. Y ni bien me quité la remera, el pantalón y me tiré en la cama, sonó Billie Jean de Michael Jackson. Empecé a reírme y abrí la ventana: quería ver de dónde venía la música y me dije que hoy debería terminar la novela.

24 enero 2009

Rituales

Pongo una cacerola con agua y un caldito de verdura. Hierve. Meto los fideos de espinaca y los revuelvo un poco, casi una tortura para los que no quieren meterse en el agua hirviendo. Después me siento frente a la computadora y escribo lo que estoy haciendo de un modo compulsivo, como si de esa manera se me ocurriera la solución de los problemas de la novela, una forma de destejer la somnolencia de los dedos, de escribir cualquier cosa sin importar lo que sea y que las ideas decanten como le sucedía a Ernesto cuando estaba en París y se le ocurría una idea: se iba a tomar un café y a dormir con su esposa y recién después, a la mañana siguiente, se sentaba y escribía. Anoche en la fiesta Compass hablaba con Iván y Lorena sobre el acceso a los libros que teníamos de chicos. Me acordé que a los diez años leí un libro que ocurría durante la guerra fría y que se llamaba El Zorro Rojo de Anthony Hyde, y estaba editado en esa colección de Grandes Novelistas Emecé. Lorena comentaba que su padre la guió en las lecturas y que muy chica pudo leer unas obras completas de Oscar Wilde en una edición preciosa que le volaron la cabeza. Yo me sigo acordando de esa novela que tenía espías, muertes y un homosexual corriendo desnudo por las calles de Milán o una ciudad de esas. Un libro que di vueltas la casa de mis padres para encontrarlo. Y ahora tengo un ritual que incluye fideos sin salsa, fideos casi monásticos, para no perder tanto tiempo limpiando cacerolas.

23 enero 2009

Los perros mueren en el desierto

Anoche me reuní con Iván y el resto de mis editores. Lo llamé al mediodía porque la novela estaba adquiriendo pasos de comedia y necesitaba reírme con alguien así que me preguntó si tenía algo para mostrarles y le dije que tenía un work in progress pero que no me gusta mostrar nada antes de terminar. Me dijo que nos podíamos juntar a la tarde así charlábamos del tema y que llevara, aunque sea el principio, para que lo fueran leyendo. Acepté. Imprimé lo que tenía, casi un setenta por ciento de la novela, me senté a corregir algunas cosas y con la música de Natural Born Killers salí de mi casa. ¿Dije que me gusta salir de casa con la música sonando? Es así: programo el equipo para que se apague solo diez minutos después de mi escape. Me gusta escuchar música mientras espero el ascensor. Entonces llevaba los papeles en la mano y crucé la calle, compré cervezas y llegué hasta la casa de Iván, que vive a pocas cuadras del cementerio. Mientras esperaba que bajara a abrir pensé en estos pocos días que llevaba con la novela. Digo: escribiéndola, porque la había pensado durante mi estadía en el bosque. Una vez Norman Mailer dijo que si le preguntan de qué depende el trabajo, la palabra clave (y una palabra desdichada, dijo), era resistencia. Escribir a menudo depende de la capacidad de mantener la fe en uno mismo. En estos días varias veces me despertaba ateo y dudaba de poder terminarla antes de febrero, pero soy cabeza dura y aquí estoy, a pocas páginas del final (pero, claro, las más difíciles). El otro día lo hablaba con Ella Fitzgerald: lo único que tengo es voluntad, le dije, y ella respondió que eso ya era mucho. Quizás tenía razón. Anoche, sentado en el living de los editores, mientras el "manuscrito" daba vueltas a la mesa y los tres hacían comentarios positivos sobre el texto y principalmente sobre la historia, me sentí casi como Dick que escribía de una semana a otra, sin parar, como en trance. Y mostraba y publicaba y cobraba su dinero y ya estaba en otra historia. Un escritor profesional. Igual fue extraño que cuando todavía me falta el final de la novela los editores ya piensen en la tapa, que al parecer la haría una fotógrafa que conozco y que trabaja muy bien: Lola. Terminamos comiendo en La Luli de Aguirre y Juan B. Justo, a la una de la madrugada después de discutir sobre literatura, revolución y política argentina, como suele suceder. Y por ahora descarté un título que era más bien pulp como "los perros mueren en el desierto". Veremos cómo sigue.

16 enero 2009

Jackson

Agarré la botella de whisky y tomé del pico. Media botella. No quería pensar más. Abrí el libro de Cheever y lo cerré. Me acosté en la cama y pensé en sacarle la batería al celular. Pensé en tirarlo por la ventana. Quise dormirme. Mañana será otro día, dije. Pensé. Cerré los ojos. Hubiera querido soñar con alguna canción de Michael Jackson pero se me apareció Jackson con la cara que tiene en el video de Thriller. El bailecito con los muertos vivos. La campera roja. El pantalón rojo. Las medias blancas.

18 noviembre 2008

guerrilla

El viernes llegué a casa a las dos de la mañana. Me había quedado con Fuguet hablando sobre Arcade Fire y Andrés Caicedo en un restaurante. Que la madre de Caicedo le había abierto una cuenta en una farmacia, para que Andrés pudiera sacar fiado cuantos remedios y drogas quisiera. Así lo trataba de ayudar. Cuando salí, se levantó viento y empezó a llover. Dos chicas empezaron a correr como se empieza a correr con las lluvias imprevisibles. Las cortinas de chapa de la parrilla de Aldo estaban bajas. Me abrió Miguel y subí por la escalera hasta mi cuarto. Sonó el teléfono y atendí. Era Gus de Ultrapop para decirme que iban a hacer lo que habían preparado. A pesar de la lluvia, dijo, van a salir con un par de autos. Me preguntó si me sumaba y le dije que a las tres podría estar en el bar. El colectivo tardó un rato. Me dormí sentado en la vereda. Al tiempo que cabeceaba abrí los ojos y lo vi al colectivo. Una vieja con bolsas de supermercado subía con dificultad las escaleras. Llegué al bar diez minutos después de las tres. Gus estaba en la puerta junto a Yumber Vera Rojas. Hablaba con unas suecas. Les dije que la diferencia entre las suecas y las noruegas era que estas últimas siempre eran un poco más morochas. De pelo negro azabache. Yumber asentía. Se lo escuché repetir a un amigo que llegó después. Gus me dijo que bajara al subsuelo: estaban todos. Entré al bar con un tema de los Strokes. Bajé las escaleras y había cinco bolsas de consorcio enormes, negras, unas chicas fumando tiradas en el piso, dos poetas con pinta de heavy metal. Gus parecía ser el Wellington del que habla Roncagliolo en Jet Lag. Pero sin traje blanco ni la guita. Tiene pelo largo, camina encorvado. Levantó el balde de pegamento. Sacó una faja de clausurado de una carpeta marrón con el sticker de Ultrapop. Me dio el cartel. Al encenderse una cámara, me dijeron, como si me apuntaran con un arma, que dijera mi nombre y por qué lo hago. Con el objetivo rojo en mi frente, dije: soy Prats y lo hago por el ultraísmo.

02 septiembre 2008

La planta


Cuando llegué a mi habitación me senté frente a la máquina de escribir y empecé a tirar líneas. Cualquier cosa. Se me ocurrió la historia de una parejita que duerme en un rancho en medio de La Pampa. Se escapan de alguien. O alguien los persigue. Mientras hacía escritura automática y ensayaba estéticas que iban de Tarantino a Lynch giraba la cabeza y veía la planta de marihuana que me había regalado Aquiles hacía dos semanas frente a las vías del tren blanco. No sobrevivió a los días nublados. Las hojitas verdes y chamuscadas me daban tristeza. Tenés que tener cuidado porque son frágiles, me dijo Aquiles que no es ni dealer ni amigo sino jardinero y además buena onda. Que había plantado veinte semillas y habían despuntado todas, explicó. Así que ahora se dedicaba a regalar plantas en vasitos de plástico. El mío era (o es porque todavía lo tengo) amarillo. Miro la planta y la extraño. Pienso en hacerle el amor. En besarla, pero no sé si con eso se despertará, si podrá resucitar. En la ventana de esta habitación no recibe sol sino humo de la cantina, y los maullidos desesperados de un gato que no me deja dormir a la noche.

Entonces escribo. Una pareja en una habitación. Son perseguidos y tienen una plantita de marihuana que se les muere. Pienso en sexo, drogas y cumbia villera, pero me sale cualquier cosa. Es difícil el límite, le digo a Iván cuando me lo cruzo en un recital de Bicicletas. Cosas que se pasan de trash, le digo pero él, remera con letras flúo, me dice que no me preocupe: vos trasheá, tirá puntas, después nos juntamos y reciclamos en el diálogo, a lo manliba.

30 agosto 2008

La historia comienza

El viernes almorcé con Iván, mi dealer, en la cantina de Aldo, y me comentó que estaba interesado en que yo escribiese una novela de género. Una novela de acción, dijo, barata, fácil de leer, como aquellas que editaba Bruguera en los años ochenta. Pero además quería que estuviese bien escrita. Le pregunté cuánto iba a pagarme y me dijo que eso lo podíamos hablar en cuanto tuviera algunas páginas. Quizás podía ser en especias, dijo y acepté. Iván, además de dealer, tiene una editorial independiente. Y además de dealer y editor independiente trabaja como guionista de MTV. Iván tiene una teoría y es que Michael Jackson se hizo blanco porque sólo los blancos pueden triunfar en el mundo de la música pop. Michael Jackson quería ser popular, quería vender millones y por eso pasó del negro al blanco, dijo Iván, mientras comía milanesa con papas fritas. Le dije que podía ser así y enseguida me dio un ejemplo: en los libros de historia del rock siempre en la tapa aparecen o Los Beatles o los Rolling Stones o Elvis Presley. Es el racismo del rock.