"When I cannot sing my heart
I can only speak my mind"
1.
El lunes estaba sentado en mi balcón, cerveza, música (de seguro sonaban The Libertines) y aire. Imaginé que enfrente mío estaba sentada Janis Joplin. Imaginé que me acercaba, que ella se quedaba callada y yo le intentaba dar un beso. No, decía entonces ella y miraba el suelo, la calle, los autos desorientados a mitad de la noche. Ella miraba el aire. Quise caer. Girondo alguna vez lo escribió: "Abandoné las sombras,/ las espesas paredes,/ los ruidos familiares,/ la amistad de los libros,/ el tabaco, las plumas,/ los secos cielorrasos;/ para salir volando,/ desesperadamente."
2.
Hace unos años escribí un cuento sobre Janis Joplin. O no sé si era sobre ella, sobre su voz, sus inquietudes y amarguras pintadas con esa voz de rock hiriente. La historia del texto era simple: chico (yo) que iba al cumpleaños de una amiga (ella es de Neuquén) en su departamento de la calle Boulogne Sur Mer o San Luis, o alguna de esas calles que están entre Facultad de Medicina y la avenida Corrientes (cero Abasto y más Once). Mi amiga (la del personaje, un tal Prats) tenía el poster de Janis Joplin en la pared. Y mientras tomábamos una cerveza (de esas cervezas en vaso de plástico, que siempre están un poco calientes pero también felices) me contaba sobre la viejita que vivía en el departamento junto al de ella. Una anciana simpática y sin dientes que nunca se quejaba por los ruidos molestos, la música alta o los gritos, que en la casa de mi amiga se escuchaban todas las noches (o casi). El final del texto contaba cómo, luego de ¿comer? ¿beber? ¿tragar? una gelatina de frutilla preparada con vodka o gin o lo que sea, yo comenzaba a delirar y la viejita se me aparecía en la habitación de mi amiga (desnuda, sin dientes) y teníamos sexo en la cama cucheta (en la de abajo) de mi amiga neuquina. A la mañana siguiente, la viejita en realidad era Janis Joplin, que me despertaba porque había resucitado y comenzaba a interpretar una canción suya con una guitarra criolla.
Ese era (es) el cuento.
3.
Ayer volví a encontrarme con Janis, o no sé si era Janis, pero de seguro le había robado el espíritu a la Joplin. Janis, esta vez, me hablaba y me susurraba: quiero desafiarte a un partido de pool. Acepté. Fuimos a un reducto de mala muerte que ella conocía. Compramos una cerveza, una ficha y comenzamos a jugar. Ella me preguntó qué apostamos. Ella pidió un post en el blog. Yo, un beso. Le dije que no se dejara ganar. Ella sonrió. Hacía muchos años que yo no jugaba, pero la cerveza ayudaba (como ayuda siempre) a enfocarte en un punto y disparar la blanca en un viaje sinuoso hasta la rayada verde (ella había metido una lisa en su primer movimiento). Y fue un momento en el que el aire se detuvo, las miradas de los que estaban ahí se perdieron en nosotros y una naranja (lisa) enloqueció para meter, sin más, a la negra en el hoyo que estaba a mi izquierda. Gané. Ella quiso que yo cobrara mi premio. Pero le dije que no, que era demasiado pronto, que el premio lo iba a cobrar cuando yo quisiera.
Y así fue.