27 noviembre 2008

Diez minutos

Escribo en diez minutos. En el tiempo en que cocino unos fideos rápidos, sin aceite, con un caldito knorr en la cacerola, un puré de tomate guardado semanas atrás en la heladera, en un tupper de plástico, en el que desconfío pero intento convencerme de que el fuego quema todas las bacterias y lo meto en un recipiente y al fuego, diez minutos para escribir un texto cualquiera que pueda publicarse en el blog, meditado, eso sí, durante un viaje un colectivo en el que dos chicos hablaban de sus relaciones telefónicas con chicas que conocieron en Call TV. Los miro. Me dan lástima. Quizás yo les doy lástima a ellos pero al menos no mantengo relaciones sexuales o sociales con un teléfono. Uno le dice al otro cómo hacer para que los mensajes que te llegan no te coman todo el crédito de la tarjeta. Los miro y me dan lástima. En diez minutos escribo este texto. Los dedos aprietan teclas que no deberían, e intento una disciplina: cero error. Apretar sólo las teclas que corresponden a las letras que quiero escribir, formar sólo las palabras que quiero decir, transcribir los pensamientos de mi cabeza a los dedos llenos de olor a cebolla porque a la salsa le agregué una cebolla que estaba perdida al fondo de un cajón, derritiéndose como hacen las cebollas, una cebolla enorme que compré dos meses atrás en el Plaza Vea y que ahora pico con el enorme cuchillo herrumbrado al tiempo que pienso que el fuego quema todas las bacterias, quema todo lo que puede tener de putrefacto esta cebolla que ahora se huele en los dedos, en las teclas, en las palabras que transcribo de mi cabeza a la pantalla sólo en diez minutos.