08 diciembre 2007

Morrison dice que me extrañará

Ayer estuve en la policía. No, no estuve guardado. Todavía no me descubrieron. Estuve en Azopardo en mi trámite para renovar el pasaporte. Morrison siempre me dijo que yo no podría renovarlo: mi dni estaba mojado, arruinado, como él, que nadie lo aceptaría jamás, como aquella vez en que fui al mismo edificio de la policía y me dijeron que debía cambiarlo, que no se distinguía el día en que yo, Prats, había nacido, y me sorprendió que el policía (gordo policía que no entendía quién era yo) no supiera que Prats había nacido el mismo día en que nació el rock, el mismo día de la independencia de Venezuela, el mismo año en que Walter Alvarez descubrió las razones de la extinción de los dinosaurios (ya lo había dicho Charly: los dinosaurios van a desaparecer) Cuestión que aquellos días de julio hice un escándalo y salí a las puteadas del edificio para incorporarme en las filas interminables del registro nacional de las personas. Habré aguantado dos minutos, hasta que el tipo que repartía unos números que no tengo idea para qué servían me dijo que el trámite iba a durar entre cinco y nueve meses, o algo así que no escuché porque ya estaba en la esquina, puteando al policía y a esa maldita lluvia de 2002, cuando el dni, en el bolsillo de atrás del pantalón se mojó como cualquiera que disfruta de la lluvia.
Morrison me dijo que nunca iba a poder sacarlo. Nunca iba a poder irme del país. No me importó, callé a Morrison y me quedé en silencio: unos meses sin viajar al exterior (salvo Brasil o Uruguay) no matarían a nadie. Pero hace dos semanas me quise matar (literal) cuando surgió un viaje a Colombia. Saben lo que me gusta el Caribe, así que desplegué un abanico de contactos (que no son muchos pero hacen fuerza). Primero, obvio, pensé en mis groupies y publiqué una solicitada en este espacio. Después hablé con esas personas que consiguen cosas imposibles como Los Simuladores. Tenía sólo dos semanas y para los tiempos de sucesiones en el país, el desafío le agregaba ingredientes jugosos. Morrison, desde mi balcón, me gritaba que no iba a poder lograrlo, que no conocía a nadie. Cabeceé el vidrio y lo rompí, me pinché con las agujas de Morrison y le dije que si volvía a gritar lo iba a tirar una vez más por el balcón. Me dijo que él no tenía miedo porque la vez anterior, cuando lo tiré, había conocido una abejita que lo volvió loco. Le cerré la puerta en la cara y comencé a hacer llamados, a escribir mails, le acerqué la preocupación a una chica que tenía contactos en cancillería. Nada. Pasó una hora y todavía no tenía soluciones, pero estaba tranquilo. Eso fue un jueves. El viernes recibí un mail de la esposa de un diputado: mi marido te puede solucionar el tema, llamalo, dijo. Así lo hice y me dijo que debía llamar a tal y a tal persona, que ellos se encargarían. El martes por la mañana me llamó R. M, secretario privado de Aníbal. Y no era el Aníbal de Mingo y Aníbal contra los fantasmas sino el otro. Me dijo que tomara nota, que en semana y media tendría todos los documentos que yo necesitaba para salir del país, para escaparme de Morrison y tomar un cuba libre en el Caribe, al borde del mar y los tiburones, como debe ser.
Ayer estuve en la policía, dije al comienzo. Estuve en el tercer piso de Azopardo 650, salón vip. Cómodos sillones, atención personalizada, media hora de espera y en una semana mi pasaporte listo, con los pasajes reservados, con los alaridos de Morrison que llora por las noches, porque lo dejo y dice que me extrañará, que no sabrá qué hacer con Yuya y Mao, mis otras plantas, que para él son aburridas porque Morrison está acostumbrado al delirio, a los fuegos artificiales de las orgías fotosintéticas. No lo escucho, prefiero subir el volúmen del disco de El Mató a un policía motorizado: Amigo Piedra necesito que me ayudes con mi auto otra vez, para viajar a ese lugar nuevo.