22 septiembre 2008

metro cuadrado

Domingo, cuatro de la tarde. Termino de ver el partido de Nalbandian en la casa paterna y acaba de empezar el quinto punto definitorio, pero prefiero irme, caminar un rato, pensar más de lo que se recomienda. Mala decisión la de caminar un rato porque elijo llegar hasta el Museo de Bellas Artes sin tener en cuenta que es domingo, y que es 21 de septiembre, y que la feria de Plaza Francia es un cuello de botella insoportable, con adolescentes que se abrazan y se besan y se pasan temas de celular a celular y cantan canciones de amor con guitarras criollas y bufandas estilo Arafat en el cuello. Basta. Empiezo a caminar más rápido y llego hasta el Museo de Arte Decorativo, ingreso por el estacionamiento, donde están las mesas de un cafecito muy simpático. Pero no me siento. Me dan alergia las viejas pitucas. Llego hasta el Museo Evita. Alguna vez me habían dicho que el restaurant era muy bueno así que me quedo en el patio, tranquilo, poca gente, sin música, tranquilidad para poder leer un buen libro. Me ubico junto a dos chicas, una más grande que la otra. Una, la más grande, es mexicana. No sé si es dueña de un hotel o canta en algunos hoteles porque habla de la vez que cantó en uno de Playa del Carmen. Pienso que si es la dueña puede hacer lo que quiera, total el hotel es de ella. Debe tener plata. Se mantiene bien, incluso se hizo un par de lipoaspiraciones y va al gimnasio tres veces por semana. Se nota. En cuanto me siento le pregunta a su amiga (son amigas, sin duda, o primas, no sé, o tal vez ella, dueña de un hotel, la tiene como gerenta de relaciones públicas a la chica argentina, poco más o menos treinta años, anteojos negros, no parece linda pero tampoco es horrible, al menos tiene un toque de onda) cómo puede ser que las Aleph Residences de Faena puedan costar seis mil dólares el metro cuadrado.
- Hijo de una reverenda chingada - dice la mexicana, que no puede creer cómo son tan caras. Yo también leí esa mañana la nota en el diario: seis mil dólares el metro cuadrado. Hijo de la chingada. Me gusta esa expresión. La mexicana dice que un departamento en Nueva York, en plena Quinta Avenida, cuesta siete mil dólares el metro cuadrado. Me gustaría agradecerle el dato: siempre quise saber cuánto costaba un dos ambientes en NY. Me gustaría contarle que yo viví dos años arriba de la Quinta Avenida, pero la pendeja argentina le diría, sonriendo, que esa es una galeria que está muy cerca de Retiro. Igual no le digo nada y sigo escuchando, mientras la mexicana comenta sobre las medialunas que acabo de pedirme. Incluso antes de pedir la cuenta se piden un par de cafés americanos, ella, la mexicana, la hija de la chingada, se pide una medialuna sólo para probar, porque la tenté. La mexicana después cuenta sobre su departamento ubicado en la zona más cara del DF: cuesta doscientos cincuenta mil dólares. Y encima quiere comprar otro en Buenos Aires, pero antes quiere ver dónde invertir. Entonces pienso que la argentina, arquitecta de más o menos treinta años, es su asesora en asuntos inmobiliarios. También hablan de Víctor, el novio de la mexicana que trabaja demasiado y va de un lado a otro del DF a Cancún, y vuelve a verla por el fin de semana, incluso la semana que viene estará en Buenos Aires porque la extraña. La argentina le cuenta de un biólogo que conoció hace un par de noches en una fiesta. El biólogo le empezó a hablar de la evolución del ser humano y la argentina, arquitecta, le quiso cambiar de tema. No pudo. Pero le divirtió cómo el biólogo le fundamentaba sus teorías, así que por ahora se olvida del pibe con el que está saliendo, que al final no se decide si avanza o no, pero que el lunes, cuando cenaron con la mexicana (deben ser primas, capaz), el pibe de la argentina estuvo de lo más bien. Tal vez pensaba en las vacaciones que podría tomarse en el departamento de la hija de la chingada de tres mil dólares el metro cuadrado. Se me ocurre. Mi gira sigue hoy lunes, en Rondinella (espero que conozcan esta cantina de Alvarez Thomas y Dorrego, ya me siento Vidal Buzzi) y ocupo la mesa junto a un grupo de tres mujeres (las tres casadas, efervescencia sex and the city), que arañan los cuarenta. Una se queja porque a la suegra le llegó un primo de Estados Unidos y le regaló veinte mil dólares para que se mude a un departamento más grande.
- Lo tuyo es envidia - le dijo la guacha que tenía enfrente.
- No, lo mío es bronca.
- Ni siquiera es bronca. - le dijo la tercera- Lo tuyo es odio.
Y el marido que le quiere pedir prestados siete mil dólares a la madre para cambiar los muebles de la casa.
- Yo ni pienso gastar plata en cambiar muebles - le respondió ella.
Parece que el marido se le ofendió.
No sé. Mientras las bolsas del mundo se derrumban y los chinos están a punto de comprar todos los bancos estadounidenses, paso las páginas de mi libro. Sigo en Chacarita. En un dos ambientes (de mucho menos de seis mil dólares el metro cuadrado) y le enciendo velas a Mao, a Yuya y a la planta ya muerta que me regaló Aquiles.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

A lo mejor caminar y pensar le hace bien, Prats. Porque después escribe genial.

Anónimo dijo...

me pregunto, por que no intentaste garcharte a una, estaban regaladas querido...

Anónimo dijo...

Una crónica genial!

Anónimo dijo...

el comentario del segundo anónimo atrasa medio siglo. y da como penita...

a. prats dijo...

¿Son todos comentarios de la misma persona un tanto ezquizofrénica?

Anónimo dijo...

No. yo, Anónimo 4º, discrepo con Anónimo 2º, el cavernícola. y por suerte soy otra persona.

Anónimo dijo...

Yo soy la tercera y concuerdo con la cuarta. Me parece que ése no la debe poner hace bastante. Mala leche.

a. prats dijo...

Gracias por responder.