27 octubre 2007

Mar




Anoche sonó el teléfono de casa a las tres de la mañana. Sonó tres veces, atendí dos. Del otro lado había alguien que no hablaba, que respiraba, que aguardaba mi hola, quién es. Quien carajo es. Insulté. Ya sé qué es viernes, Morrison, pero uno trabaja los sábados y los viernes, como un martes o un jueves, o quizás los miércoles, quiere dormir, sólo eso, aunque sea dormir un rato, y más cuando las semanas son como esta semana, que estuve de aquí para allá, de hablar con un juez al hip hop de los Iluminate; de caminar por la calle, con sol, al frío de la lluvia; de andar por las rutas de Ezeiza rumbo a la cárcel hasta ser atrapado por el respaldo de un asiento roto, en una combi destartalada cuyo chofer, bajo el sol de las dos de la tarde, baja a comprar helados en un kiosco perdido, de una localidad desconocida, y tarda treinta insoportables minutos. Y de ahí, a la caída del impresentable, nombrado por el otro impresentable.
Hoy es sábado, me despierto a las ocho de la mañana, desayuno, leo los diarios, quiero terminar y meterme al agua, perderme en el mar, abrir los ojos en las profundidades y saludar a los peces, a alfosina, saludarte quizás a vos, Morrison, queriendo esnifar el musgo de los corales, a ver si te pasa algo, a ver si sentís aunque sea un cosquilleo en el estómago, un lagrimeo en los ojos, un tiritar en las manos; o tal vez te des un saque de algas, o te pinches con el pez espada, o beses a una piraña asesina. No sé. Con tu vida hacé lo que quieras. A mí dejame escribir.