26 septiembre 2007

Zambra

Me habían hablado de él algunos escritores latinoamericanos. Había sabido de él por el encuentro en Bogotá 39: los jóvenes escritores lo marcaban como el nombre a tener en cuenta. Zambra, decían. Una tarde, en casa de Ella, agarré Bonsái de su biblioteca y leí el primer párrafo:

“Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura”. (Alejandro Zambra, Santiago de Chile, abril de 2005).

Tenía ganas de leerlo. Quería. Lo encontré en una librería de Florida y me fui a sentar en un bar, leí ochenta y tres de las noventa y cuatro páginas que tiene el libro en menos de una hora. Novela minimal aunque minimal sea una palabra de moda. Prosa contenida, poética de la repetición. Antes de terminarla, digo, me levanté de mi asiento, pagué el café y me fui, otra vez me vi corriendo, agitado, hasta la librería de Santa Fe y Rodríguez Peña. Tenía que conseguir la segunda novela, La vida privada de los árboles.

Terminé Bonsái, una historia sencilla, que al final te deja con la boca abierta. Y así quedé. El segundo libro estaba preparado en la mesa de mi casa. Cerré la boca, el libro y abrí el otro, sin pausa. Otra vez Zambra y en esta historia, Julián, que debería haber sido Julio, divaga, imagina, recuerda durante toda una noche sobre la vida, la suya y la de otros, mientras aguarda que ella, Verónica, regrese de su clase de ilustración, pero Verónica no llega, y el lector sabe que cuando Verónica regrese el libro termina. Y así sigue. Otra vez Zambra. Esa noche no pude escribir.