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10 enero 2011

Hojas de parra

El sueño fue una escena de película coreana. Estoy en un patio. Es de noche. Afuera hay un baño y en el baño hay una chica con la luz apagada. No sé si la conozco. No puedo recordarlo. Parece que la chica me gusta porque espero afuera para decirle algo. Ella no sale. Hay una ventana. La luz, adentro del baño, se enciende y se apaga. Veo sombras. Entonces decido entrar. La chica está sentada en el inodoro con la pollera en el piso. Tiene la boca llena de sangre y repite: "lo perdí, lo perdí". La miro y me gusta. La chica (Asia Argento) levanta los ojos y le agarro la cara. "Entonces es verdad que estabas embarazada". Me doy cuenta que alguna vez, no sé cuándo, había cogido con la chica. Ella sigue: "Lo perdí, lo perdí". Intento ver en el inodoro pero sólo veo un poco de sangre. De repente aparece flotando en el aire del baño un bastoncito de carne envuelto en hojas de parra. La chica se levanta mientras repite "no lo perdí, no lo perdí" y lo agarra y muerde. La chica sonríe. Empiezan a darme arcadas.

09 julio 2009

Al fin, la noche

La reconstrucción se hace por flashes. No hay un encadenamiento natural de las cosas. Me veo a mí a las ocho de la noche, después de la ducha, junto a la ventana, y veo a la vecina de enfrente en la cocina. No tengo cortinas y ella lo sabe. Me llama por teléfono mi amigo de San Pablo. Dice que ya empezó a trabajar y que su vida es un estrés y que en estos días no se pudo ir a ninguna playa porque los días no están para chapotear ni hacerse milanesa. Le agradezco el llamado y corto y empiezo a vestirme y busco las zapatillas de siempre, la remera de siempre, los pantalones rotos. Después busco la campera, las llaves y salgo, me voy caminando en un silbido que sólo escuchan las viejas que me miran y se dan vuelta por la calle como si lo mío fuese una publicidad de shampoo, y el pelo flamea al aire, larga melena Koleston Rojo en una calle que podría ser Florida, rodeado de oficinistas en blanco y negro que se dan vuelta y mi pelo, el que me acabo de lavar con el nuevo shampoo head & shoulders, se mueve como si tuviera ganas de decir algo, en cámara lenta, como si corriera hacia el tren de Viaje a Darjeelin con el modelo de Hermenegildo Zegna que corre al lado. Sos mi ídolo Adrien. O no. No admiro a nadie. Lo único que me acuerdo de esa película es el corto del principio, con Natalie Portman en una habitación de París escuchando un tema en francés. No recuerdo mucho más. Ese podría haber sido un buen regalo: Natalie, París, habitación y canción en francés cantada en el balcón en un atardecer tan rojo como mi pelo. Desde luego que, al igual que mi pelo rojo al viento, mi imaginación me juega bromas similares: no tengo ni pelo ni habitación ni París. A Portman la estamos consiguiendo. Aún no bajo los brazos. Ya me confirmaron el almuerzo con Chan Marshall (o Cat Power para los que sólo vieron I'm not there y sólo escucharon esa hermosa versión del tema de Dylan por parte de la niña) así que tal vez tengamos a Chan en los próximos días y te juro, chiquita, que no voy a parar hasta que logre que me cante al oído.
Cuestión que estaba en mi viaje rumbo al bar.
Y todavía no llegué. Y no empecé a saludar a mi amigo el Gallo, ni a su novia ni saludé a mi hermano ni a mi hermana ni a su novio ni empecé a invitar tragos a diestra y siniestra (linda frase), balas de un cargador que martilló varias veces durante la noche. Siempre para los amigos. En un momento, ya comenzaba a perder la memoria, llegó un contingente de holandesas que nunca supimos cómo habían llegado, pero la imagen era esta: una pista de pelos rubios de todos los tamaños que te hablaban así: my dear, y te decían my dear para pedirte tragos y uno que es buena gente bang bang bang, tragos de un lado a otro, de una punta a otra de la barra, rastros de sangre por las mesas y alguien que volcó el bitter soda o el aguardiente o el mezcal sobre la tabla de madera del inodoro. Alguien volcó la vida en la mesa y veo a mi hermano del alma que se arrastra por la mesa con los mismos movimientos que el fanático de Michael Jackson que está sobre el escenario desde las nueve y baila la misma coreografía de algún tema de Britney.
O acaso no era mi hermano el que se arrastraba sino el Rey del Mambo. En un momento, apenas lo recuerdo, llegó El Viajero del Siglo, que había tenido una cena con su abuela o con sus familiares y se estaba yendo hacia el hotel y pasó a saludarme y cantó y hasta bailó con alguna canción de Beatles que pasaron en un momento. Repito que lo mío son recuerdos vagos. Intermitentes. Flashes que se suceden sin orden cronológico, no sé en qué momento llegamos hasta donde estamos ahora. En esta habitación a oscuras llena de máquinas, llena de personajes hipnotizados por las pantallitas plateadas y las hamburguesas. Y hay ruidos. Y hay gritos. Y hay sangre.

03 julio 2009

Resistencia

Escribo desde la última trinchera de paranoia. Alrededor ya no queda nadie. Los pocos que estaban se fueron. Me llaman por teléfono y me preguntan si el festejo se hace. Mi amigo agente secreto me recomienda que tome las precauciones necesarias, que no se justifica brindar por un momento como este y me impulsa a cancelar todo. Les respondo que teniendo en cuenta la emergencia sanitaria mañana continúa en pie el festejo. Será el último foco de la resistencia. Estaré en la otra punta del bar, solo con mi Jack Daniels, saludando de lejos, disparando desde un árbol a los que empiecen con alguna queja. Mañana nos reuniremos algunos pocos a juntar los pedacitos de felicidad que quedan mientras todo se derrumba.

13 mayo 2009

Formulario

Estoy pensando quién podrá acompañarme al show de Cat Power. Aunque esto ya se parezca el blog de mi amiga Carolina tengo apenas mes y medio para encontrar la persona indicada que se gane un asiento frente al escenario de Chan Marshall. Habría que llenar el formulario que se envía por e-mail a quienes así lo deseen. En la pregunta: si está casada, soltera o divorciada, faltaría la posibilidad: "en una relación", así que incluyan abajo, junto a la firma, si esa es su situación sentimental. A la seleccionada se le pedirá, al menos, que conozca un tema de la niña. Porque después seguramente iremos a tomar algo con ella y de algo habrá que hablar. Agradezco en este acto, también, la amabilidad de la discográfica de enviarme el disco Moon Pix, de 1998, que acaba de reeditarse en la Argentina con un bonus track. Ayer pensaba que podría acompañarme la mujer policía que cuida la parrilla de la esquina. Llegué a la medianoche, cuando ya estaban cerrando, a pedir que me vendieran unos bollos de pan porque en casa no tenía nada. Me los regalaron y cuando salí feliz, la mujer me miró y dijo pobrecito, a esta hora terminaste de trabajar. Y es así, le dije, levanté los hombros y ella me miró como diciendo ¿querés que te prepare algo? pero me da un poco de impresión la autoridad así que no arriesgué decirle nada. A ver si todavía se termina el buen diálogo que se produce cuando cruzo la calle y ella está apoyada en la pared:
-Qué tal -digo.
-Buenas noches -dice ella, impostando la voz.
¿Podría comenzar algo con una mujer policía? ¿Qué diría mi facebook? "En una relación con la sargento Alvarez".

10 mayo 2009

Tres pisos

Anoche estuve en una casa en San Cristobal. Tenía tres pisos, parecía un hostel pero era la casa de una chica y le pregunté a una inglesa que andaba dando vueltas y quería ser mi groupie, si ese lugar lleno de extranjeros era una especie de hostel y me dijo que no, que era la casa de una chica que alquilaba cuartos a extranjeros. Tres pisos. Una terraza enorme. Una habitación en la terraza. Onda. El dj mezclaba buenos temas, alguno del remolón, pinchaba algún clásico de Charly García con bases electrónicas. Había una cacerola con fideos y salsa bolognesa para quien quisiera servirse. Una chica me señaló, hizo el gesto de que agarrara un plato y me sirviera. Dije te agradezco, la base de mi alimentación son los fideos así que fuera del horario de comidas prefiero ni probarlos. Había enredaderas, llamadores de ángeles; había cuadros enormes en las paredes. Me dijeron que la dueña era artista plástica, que esa fiesta era de artes visuales. Armé una ronda y le dije a la inglesa que esto era lo más parecido a una fiesta de casamiento. Empezó a reírse. No sé si me había entendido. Quizás pensaba que podía ser mi groupie. En ese momento lo vi a Paul Giamatti bailando como si tuviese un aro en la cintura. Estaba en mi ronda y empecé a aplaudir, empecé a gritar, "mueva, mueva, mueva", o esas onomatopeyas que uno suele gritar en los casamientos y la inglesa me seguía, otras chicas que acababan de comer los fideos y no se podían mover (así me dijeron) también empezaron a aplaudir y festejaban el baile de Giamatti. Me agradecieron que le pusiera onda a la fiesta. En eso lo veo al Conejo que estaba harto de la fiesta porque había llegado a las once y le comenté que el mundo inmobiliario debería ser comunista: es injusto que algunas personas tengan tres pisos para sí mismas y los cuadros y los extranjeros mientras que otros andamos de acá para allá, con los libros a cuestas y las valijas llenas de casetes con grabaciones viejas. Le dije que me conformaba con estar dos años en la habitación de la terraza, aunque en invierno pueda morirme de pulmonía, aunque tuviera que subir cada noche esa escalerita suicida que conduce hasta la cocina y las habitaciones. Paul Giamatti seguía con su baile y su cintura. La luna estaba justo encima nuestro: una medalla de plata perfecta. Le dije al Conejo que si nacías bajo el signo de la luna en el universo, ibas a ser escritor. El Conejo no entendía nada de arquetipos, ni conjunciones cósmicas. Le dije que no importaba, y me contó que en su casa se había cortado la luz toda la tarde, y por eso llenó la bañadera de agua y a falta de tapón puso una bolsa de supermercado. Le dí unas palmaditas en la espalda.

20 febrero 2009

Franz

Terminé de comer y lavé los platos, la cacerola, lavé también la bacha y el piso de la cocina, pensé en sentarme en el comedor (todo es el comedor) y seguir con la lectura de los libros para terminar el trabajo, por eso llegué hasta el baño y me lavé bien las manos con jabón, obsesivamente, sentí calor y pensé en darme una ducha y de repente veo de reojo una mancha animada que me observa desde la pared blanca, impecable, entre el enjuague bucal (Colgate Plax, con fluor) y la crema Hinds (regeneradora), entre las cajas de dentífrico vacías y el hilo dental; la mancha me observa como había imaginado que miraba todo, testigo privilegiado, en uno de los comienzos desechados de Trash. Me doy cuenta de que es una cucaracha. Ni siquiera muy grande. Una de esas cucarachas amigables que no hacen nada. Que son cobardes. Que no se enfrentan con nadie. Incluso vuelven a su madriguera a dormir porque mañana será otro día y la imagino entre cientos de otras cucarachas amigables, chiquitas, incluso simpáticas, de esas que despiertan cierto afecto y pienso en dejarla ir como algunas otras que pude ver de lejos y seguí con mis cosas, pero esta vez algo me afectó. Quizás el que estuviera cerca del jabón blanco. Quizás fuera eso. Me quité una de mis ojotas y la aplasté. Pero era tan chica que terminaba siendo inmune a mi ojota. La cucaracha empezó a correr. Cada cinco centímetros se detenía como en gesto de burla y otra vez esquivaba el ojotazo, uno, dos, tres, cuatro esquivadas y a la quinta se escondió entre los recipientes de enjuague bucal y crema Hinds; los empecé a quitar y la cucaracha como que sobraba y no me gustó que hiciera eso, es cierto que tal vez debería haberla dejado vivir, de algún modo tiene su mérito haber sobrevivido a los desastres nucleares y a la extinción enigmática de los dinosaurios y de todas esas cosas que leía cuando era chico y sacaba de las Conozca Más. Pero esta vez no podía dejarla irse a descansar con las demás. Intenté aplastarla otra vez, pero cada vez corría más rápido, tenía más reflejos y hasta escuché a lo lejos un pito catalán que me sacó de quicio, y al arremeter ya con violencia la cucaracha dio un salto y llegó hasta el resumidero para perderse en la oscuridad. Mañana voy a bautizarla: se llamará Franz.

19 febrero 2009

Jet Lag

Estoy de vuelta. Todavía no me recuperé. Estuve sin dormir un par de días y otro par de días viajando. Nunca me había pasado que la azafata de Lan Chile se acercara y me dijese: están sentados en una puerta de emergencia, ¿están en condiciones de ayudar? Asentí pero no sabía si tenía que decirle que tenía sueño y hambre y que no estaba muy muy seguro de que si alguien me pedía que lo sacara del avión en caso de caernos en el río Magdalena o en medio del Atlántico iba a estar a la altura de las circunstancias, si iba a mirar para otro lado, no se lo dije, le dije que sí con la cabeza y ya me sentía un héroe, y después nos pidió que leyéramos con atención las instrucciones para abrir la puerta de emergencia, para ubicar dónde estaban los salvavidas. No las leí. Cerré los ojos y me dormí con un disco de Bob Dylan (Blond on Blond) que encontré en el sistema de entretenimiento.

14 febrero 2009

La muerte

La muerte me trajo a Barranquilla. Ayer estuve en un cementerio lleno de tumbas rotas. Pereira, uno de los sepultureros me señalaba los muertos ilustres del lugar. Uno muerto por la mafia, un capo narco asesinado en la cárcel, otro asesinado también por los narcos porque era amante de la novia de un jefe. Señalaba uno a uno y me contaba por qué la gente ya no pagaba lo que tenía que pagar y por eso las tumbas estaban todas rotas y sin césped. En uno de los desfiles de carnaval más descontrolados que vi en mi vida, La Guacherna (yo estaba como invitado en la comparsa "Disfrázate como quieras") conocí a Jorge Rodríguez, un pastor evangélico que había estado en la cárcel cinco años atrás por ser mula del Cartel de Cali. Entre shots de aguardiente, me dio su teléfono porque podía presentarme a otro pastor, de nombre Rodrigo Arenas, ex terrorista y quien fuera responsable de la bomba en el Hotel Royal. Tengo amigos nuevos.

11 febrero 2009

El rey

La vida me trajo a Barranquilla. Es una ciudad industrial sin ninguna belleza, pero como me decía un cachaco (los cachacos son los de Bogotá -los que no tienen playa- y en broma se les dice a los que no saben bailar, es decir los bogotanos) es una ciudad que la única belleza que tiene es su gente. Lo que suele decirse de las ciudades que no tienen nada. Me sorprende que en época de carnaval todos están dispuestos a hablar. Anoche me fui a una casa donde ensayaban las treinta reinas de los barrios marginales. Una era más linda que la otra. Hablé durante horas con Laura, una enfermera mulata de diecinueve años que lo único que deseaba en su vida era bailar el mapalé ("es la vida", dijo), una danza africana imposible de bailar para cualquier otra persona que no se mueve así ni tenga un concepto del movimiento desde los seis meses de vida como los colombianos. Le dije que era una danza ideal por si tenías contracturas (como las mías) en la espalda porque literalmente movés cada hueso de la columna y tiene algunos rasgos de las danzas brasileñas que cualquier argentino vio en las playas de Brasil. Laura tiene un amigo en la Argentina que conoció por internet. Su amigo es stripper ("una ricura", me dijo). Mientras estábamos sentados a un costado de la casa, se acercó otra de las treinta reinas y me preguntó de dónde era. Cuando se alejó, Laura me dijo que no la soportaba porque era una envidiosa. Pensé que todas se llevaban bien, le dije y ella abrió los ojos, me dijo que eran todas envidiosas: "somos mujeres, somos reinas, no podía ser de otra manera". Después sacó una musculosa amarilla de su bolso y me dijo que debía ior a cambiarse porque ya iba a empezar el ensayo. Me quedé a verlas. Randy, el coreógrafo había armado una coreografía que acentuaba los rasgos de las danzas africanas y por eso el mapalé era fundamental. Ni bien empezaron, se cortó la luz de todo el barrio. Siguieron a oscuras. Luego Randy y un grupo de bailarines practicaron unas acrobacias. La única iluminación era la luna llena al fondo. Cuando me fui en taxi, pregunté dónde podía cenar y me indicaron una zona gastronómica. Cuando llegué encontré la camioneta de la reina del carnaval (hay reinas populares, que son reinas de los barrios más carenciados y una reina del carnaval que es una chica de la elite barranquillera y para llegar a ser reina la familia debe invertir cerca de trescientos millones de pesos colombianos, que son algo así como ciento cincuenta mil dólares. Una locura.) Mariana, la reina de este año, invirtió esa suma y, según dicen, fue el mayor espectáculo que alguna vez se haya visto en la historia de Barranquilla. 150 personas en escena y todo eso. Cuando me acerco a saludarla, primero saludo a su edecán (tiene custodia policial) de nombre Iván y me cuenta algo de la intimidad de la reina. Es una chica muy bonita que se acerca con su vestido brilloso y me saluda. Mientras habla y la miro me doy cuenta de que cualquiera de las treinta reinas populares que están en esa casa sin luz, ensayando hasta las once de la noche es mucho más linda y bailan mucho mejor que esta chica rica. Pero, según me dicen, el pueblo no querría jamás una chica popular. Quieren a una chica de piel blanca. Quieren enloquecer por esa chica de la elite que durante un año recorre el mundo siendo la imagen de este carnaval.

31 enero 2009

Niñas

Tenían diecinueve y dieciseis. Tenían una banda. La más grande era la cantante y la pequeña, que al principio de la noche no parecía tan tan pequeña, era la pianista. Eran de esas personas al borde del freakismo que te desconciertan. Un padre italiano que sólo les había hecho escuchar música clásica. No sabían nada más. El cuarteto para violines de Mozart completo pero ni idea de lo que significaba una banda como Blondie. Algo de los Stones sabían pero de oída, tampoco demasiado. Y en un momento, dicen, se revelaron y quisieron empezar a tocar rock.
- ¿Y qué tocan? - pregunté.
Cinco minutos después, la pequeña, que decía sentirse mal porque no lograba hacer nada con su vida, responde:
- Y rasguña las piedras.
Pensé que me estaba cargando entonces dije:
- Y cierran el repertorio con Seminare, me imagino.
Cinco minutos después, la pequeña que no dejaba de mirar el techo, preguntó:
- ¿Cuál era Seminare?

18 diciembre 2008

Exterior. Noche

El martes hice la calle. Para alegría de muchas de mis groupies, me ubiqué en la vereda del Zas después de haber ingresado a ese antro de narradores y poetas y cantantes que no podían cantar y escapé sofocado con una botellita de fanta. Incluso me ofrecieron cerveza pero dije que ya no consumo más alcohol. Me hice abstemio como mi amigo que es espía para la Side y cada vez que sale con una chica se pide un licuado. No tomé alcohol en toda la noche a pesar de que lo ameritaba. Me encontré con Mairal que hablaba de sus traducciones amateurs de Shakespeare que un ignoto director de teatro utilizó en uno de sus talleres. Creo que era el monólogo inicial de Ricardo III que empieza así: Now. También me encontré con M. una de las chicas de autobombo y se quejó porque ya no comento más en su blog. Le dije que iba a escribir todo lo que hablamos esa noche para que no se quejara más. Después le prometí un libro de Marilyn Monroe. No sé a qué iba esto pero la idea es que de vez en cuando escriba algo. Que no esté bien escrito ni sea sumamente divertido sino más bien una escritura blog, de esas que les gusta a las chicas modernas, a mis groupies de siempre. Ahora me voy porque parece que empezaré a ser profesor de la facultad. Como Homero, cortaré los codos de mi único saco y le pondré pitucones.

01 diciembre 2008

El universo

Son las dos de la mañana y sigo esperando el 168. Hace frío. Las calles tienen el tempo de la nueva novela de Murakami, personajes sonámbulos que andan por la ciudad: leen en algún café, dejan el celular en un supermercado, ensayan con sus banditas de rock o atienden un hotel alojamiento. Se me ocurre que ahora vendrá un chino en "motocicleta", me hablará en chino y yo no le entenderé nada. Pero por la cara me insulta. Le digo: "momentito, usted a mí no me insulta", pero no me entiende. Se saca el casco y efectivamente es un chino. Me doy cuenta por sus facciones. No es japonés, es chino. Habla en chino.
- No le entiendo - digo.
Y cuando el semáforo se pone en verde, se deja el casco en el antebrazo y arranca.
Me apoyo contra la parada del colectivo. Ya no llueve. Dos hombres fuman sentados en la entrada de un edificio. Una mina sale de una casa de dos pisos de enfrente. Cruza la calle con las manos en los bolsillos de su jean y los saluda. Beso, beso y chau. La mina se va. La veo irse. Le quiero ver la cara pero las sombras no me dejan. Al rato un tipo camina por medio de la calle. En la otra cuadra, un patrullero. El flaco sigue por el medio de la calle y el patrullero, a veinte, como que le enfila. Las luces azules dan vueltas. El tipo parece enfrentarse a las luces y a los policías cómodos en sus asientos. Como el chico frente a los tanques de Tiananmen Square. Pero cuando está en frente, sube a la vereda y se aleja. El patrullero sigue, cruza la calle a veinte. Los dos que fuman se levantan y llegan hasta un árbol con la tierra llena de agua verde. Aceite. Aunque está oscuro puedo saber que el agua es verde y que era aceite. Uno de los dos que fuman se agacha frente al árbol. Antes no había visto pero ahí hay una bolsa. El tipo la abre. Ahora se acerca el otro y se quedan mirando un rato la bolsa desplegada. Pienso que debe ser merca. Pienso en la mina que los saludó y siguió caminando. Miro hacia la casa que está enfrente. Pienso en cocinas de merca. Pienso en el lugar: el Once debe estar regado de cocinas ilegales de merca. Pienso en empezar una investigación. La policía debe estar arreglada, incluso deben pasar a veinte para controlar que no anden merodeadores por la zona, que nadie se avive, que todos sigan como si nada, como el pibe que caminaba por el medio de la calle silbando un tema de Roxette: Dangerous. Son las dos y media. El 168 llega y está repleto. El chofer no me abre la puerta de adelante sino la del medio. No pago: una buena. Me acumulo en el medio sin agarrarme de nadie. Adolescentes con botellas de gaseosa y fernet o algo peor. O mejor, quién sabe y para qué prejuzgar. Cantan cumbia: uno abre su celular y empieza la percusión. Se gritan de un lado a otro del colectivo. ¿Es sábado y la gente sale? ¿O es domingo y al día siguiente feriado? Pienso en el día internacional de la lucha contra el sida. Nadie daría asueto por el sida. Ni siquiera un gobierno pseudo progre como este. Miro mi cintita roja. Intento agarrarme de algún lado. Una gordita simpática me mira. Voy para otro lado, pienso. Los chicos se gritan y en cada cuadra, el chofer recluta nuevos pasajeros que le gritan que es un capo porque no tienen que pagar y se guardan el peso para la birra. Llega un grupo de chicas. Dos de ellas se besan. Los chicos miran. Los chicos hablan de conseguir algo de keto para levantar y seguir chupando. Me acuerdo de otras épocas. Pienso que todos estos deben ir a Amérika, que no es un boliche kafkiano o sí. Pero pasamos Gascón y Córdoba y ellos siguen. La gordita se levanta y tiene cinco amigos que la siguen. Dice que es acá, que acá nos tenemos que bajar y se baja. Los chicos de la keto (dicen keto y no keta, como hablaría yo de la ketamina) se pasan. Entonces descubro hacia donde van todos. Siempre creía que ese lugar era uno de esos patéticos salones de fiestas de quince. Y lo es. Se llama El Universo.

27 noviembre 2008

Diez minutos

Escribo en diez minutos. En el tiempo en que cocino unos fideos rápidos, sin aceite, con un caldito knorr en la cacerola, un puré de tomate guardado semanas atrás en la heladera, en un tupper de plástico, en el que desconfío pero intento convencerme de que el fuego quema todas las bacterias y lo meto en un recipiente y al fuego, diez minutos para escribir un texto cualquiera que pueda publicarse en el blog, meditado, eso sí, durante un viaje un colectivo en el que dos chicos hablaban de sus relaciones telefónicas con chicas que conocieron en Call TV. Los miro. Me dan lástima. Quizás yo les doy lástima a ellos pero al menos no mantengo relaciones sexuales o sociales con un teléfono. Uno le dice al otro cómo hacer para que los mensajes que te llegan no te coman todo el crédito de la tarjeta. Los miro y me dan lástima. En diez minutos escribo este texto. Los dedos aprietan teclas que no deberían, e intento una disciplina: cero error. Apretar sólo las teclas que corresponden a las letras que quiero escribir, formar sólo las palabras que quiero decir, transcribir los pensamientos de mi cabeza a los dedos llenos de olor a cebolla porque a la salsa le agregué una cebolla que estaba perdida al fondo de un cajón, derritiéndose como hacen las cebollas, una cebolla enorme que compré dos meses atrás en el Plaza Vea y que ahora pico con el enorme cuchillo herrumbrado al tiempo que pienso que el fuego quema todas las bacterias, quema todo lo que puede tener de putrefacto esta cebolla que ahora se huele en los dedos, en las teclas, en las palabras que transcribo de mi cabeza a la pantalla sólo en diez minutos.

10 noviembre 2008

Virus

Son las nueve de la mañana y salgo rumbo al service que me recomendaron para ver por qué no arranca el sistema operativo de mi computadora. Me subo al 39, hago equilibrio con la computadora en la mano y llego hasta el local frente a la casa de mi hermano. Ni bien me ve entrar, el tipo (otra copia idéntica de Alejandro Kuropatwa) me pregunta qué pasó, por qué traigo la máquina. Le cuento. Está muerta, digo. Me dice que mire hacia la oficina: diez computadoras sobre unos escritorios de madera. Hace mucho que no veía algo así, dice el hombre. Alguien abrió una puerta y dejó salir la maldición, sigue. El tipo como si estuvieramos en una película de terror. Como si algo en el mundo anduviera mal. Y un poco paranoico me puse.

05 noviembre 2008

Teatro Proletario de Cámara

El libro está sobre una mesa del Centro Cultural de España en Buenos Aires (la sede para aristócratas de Paraná y Santa Fe -yo vivía a una cuadra pero lo aristócrata en mí sólo surgía cuando iba a desayunar a Josephine's, el café de un suizo ubicado en Parera y Guido). Nadie lo toca. Parece una Biblia. La palabra revelada. Llego y les pregunto a los que lo venden si puedo agarrarlo. Me dicen que sí. La tapa es de cuerina, el borde de las páginas, bordó. Abro el libro y lo primero que aparece es una página de revista porno barata, a tres por cincuenta en Corrientes, de los años ochenta. Es la edición facsímilar del Teatro Proletario de Cámara, la última obra de Osvaldo Lamborghini. Cuando Sudamericana editó en su momento las obras completas del autor de El fiord desechó esta, en la que había trabajado desde los ochenta. Muy complicada de editar, además de arriesgado. Páginas de revistas porno, manuscritos casi ilegibles, fragmentos de poemas, poemas, una foto de Perón junto a Isabel donde, en marcador negro, se lee: "Isabel, la caótica". Puro Lamborghini. Sólo trescientos ejemplares numerados a 120 euros cada uno. Me fijo en la billtera y sólo tengo cincuenta pesos cash. Consulto si aceptan tarjeta y me dicen que no, pero lo puedo llamar al editor español (el nombre de pila es Anxo) a su celular y pedirle que me venda uno. Hago cuentas. Pago el alquiler o compro un libro-objeto ilegible. En la calle, hablando con Tirri, lo saludo a Aira que está fumando. No sé si preguntarle si debo o no comprarlo. Por eso le digo que el precio está imposible. Aira no me mira pero se ríe. Le digo que Anxo debería llevar encima una maquinita para pasar la tarjeta de crédito así, al menos, lo podemos comprar en cuotas. Se ríe, no me mira. Noto que Aira nunca mira a los ojos. O mira para arriba o para abajo. Se ríe. Es un tipo agradable pero no quiero abrumarlo. Le preguntaría tantas cosas que no se me ocurre ninguna así que hablamos de Obama (en un momento dice que le dejó de interesar esta elección), hablamos del clima (¿lloverá?), un conocido le comenta que la hija de Rafael Squirru está por sacar un libro sobre el padre. Le interesa. Aira tiene una remera gris con dibujos rosas. Yo era una chica moderna. Tiene un libro en la mano, un libraco importante pero no puedo ver el título. Para la presentación de esta edición preparó un texto pero dice que no va a leerlo, cada vez que termina algún texto sobre Osvaldo, a los diez minutos vuelve a leerlo y lo corrige, lo deshace y vuelve a intentar una nueva explicación de su literatura. Siempre, dice, encuentra cosas nuevas.

04 noviembre 2008

Tapa de nalga

Son las siete y media de la mañana de un martes y suena el despertador, se enciende la radio. Me levanto, me lavo la cara y los dientes, me pongo un bermudas y el delantal de cocina que me regaló la gente de History Channel y ahí estoy, como viejita catamarqueña que no tiene nada más que hacer de sus días mas que cocinar. No es que estoy con hambre. Anoche cené a las doce y media de la noche y unos buenos fideos Don Vicente con salsa de tomate. Como la noche anterior. Lo que pasa es que el sábado había comprado carne en el supermercado y algunas verduras y la carne tenía como fecha de vencimiento el 5 de noviembre. El olorcito de la cebolla de verdeo se eleva a las siete cincuenta; la carne se cocina a las ocho y veinte. Después de cortarla. Nueve menos diez ya estoy listo para empezar a trabajar, resuelto el almuerzo y, si es posible, también la cena. No está mal cocinar tan temprano. Mientras me quito el delantal, no sé por qué, recuerdo la conversación que escuché anoche, mientras caminaba por Dorrego hasta Atlanta. Dos chicos que trabajan de tiracables en Telefé caminaban detrás mío. Se quejaban de las veces que los dejan solos desarmando todo. Que nunca les mandan ayudantes ni nada de eso. Pero en un momento uno, creo que después de que pasó caminando una mina muy linda, se acordó de una compañera que tenía en la escuela secundaria. Dice que tenía un culo tan grande que cuando bailaba, la mina tenía la capacidad de aplaudir con las nalgas. El otro chico se empezó a reír. Te lo juro, decía el otro: en un momento escuchabas a alguien aplaudir y era esta mina. ¿Y lo hacía en el boliche?, preguntó. A veces, pero siempre se lo pedíamos y lo hacía para nosotros en las reuniones.

31 octubre 2008

Pasillos

En un libro de Alvaro Bisama que una joven poeta acaba de regalarme el autor recuerda cuando le preguntaron a Anderson qué sentido tenía la lluvia de ranas al final de su película Magnolia. Anderson respondió que sencillamente era una idea fortiana: la anotación de un suceso inverosímil que irrumpía en un mundo verosímil con la fuerza de una epifanía cuyo sentido era tan luminoso como la tinta invisible. Las ranas podían ser una plaga pero también un milagro, una curva en las leyes de la narración, la fuerza centrípeda que desordena todo el relato y le ofrece algo de delirio. Leo el fragmento y esa idea en el subte D, mientras la vieja a mi lado sacude el codo frente a mis ojos. En el pasillo que conecta la línea D con la C, un hombre con la voz ronca canta a capella “El amor es más fuerte” de Ulises Butrón y sostiene con su mano una gorra sin billetes. “Pueden robarte el corazón/ cagarte a tiros en Morón”. Si te cagan a tiros en Morón, pienso, estás muerto. No hay vuelta. Me gustaría gritarle eso, pero me alejo empujado por esa respuesta a una canción pelotuda.

21 octubre 2008

Dobles

Anoché cené tarde en la cantina de Aldo. Me senté afuera con un libro de Dino Buzzati y en frente se armaron una mesa los dobles de Alejandro Tantanián, Liliana Heker, Juan Sasturain y el cuarto era una copia defectuosa de Alejandro Kuropatwa. Me lo imaginé sacando la lengua y mostrando una de las pastillas rosas contra el sida. En realidad sacaba la lengua y servía con desprecio la cerveza. No sabía nada porque prefirío la Isenbeck ("es mejor", dijo con cara de yo-de-esto-sé) antes que la Warsteiner. No tengo ganas de chequear el nombre de la cerveza así que va así como me viene a la cabeza. Los dobles eran arquitectos. Y hablaron mal de gente de la arquitectura. Hablaron mal de un Julio, profesor en la carrera, porque era tartamudo, y Tantanián dijo que una clase de él era un parto, lo que tenía que durar una hora y media duraba dos horas y media. "Un parto", dijo antes de convencer a Heker y a Kuropatwa que lo acompañen con una parrillada. Ahí me saqué porque no estoy de acuerdo de pedir parrilladas en las parrillas. Te meten las sobras. Kuropatwa pidió una morcilla más en la parrillada (chistes malos, afuera) y Sasturain, flamante director de una carrera o un máster o algo así, pidió una suprema de pollo. Sasturain también tenía cara de abuelo de Heidi, pero más gordo. Y hablaba bajo. Tenía más autoridad que Kuropatwa y que Tantanián. Heker era una boluda que se quería coger a alguno, seguro, porque no paraba de reírse. Los arquitectos también hablaron mal de los alumnos. Sol Lobato, hablaron mal de vos. Dijeron que no podés hacer una línea recta. Sasturain se quejaba de que no saben hacer viviendas. "¿Cómo puede ser que sepan construir museos, shoppings, edificios de oficinas y cuando se les pide hacer una vivienda hacen laberintos? ¿Por qué, para pasar del living a las habitaciones se tiene que salir al patio?" Sasturain estaba indignado.

29 septiembre 2008

La familia, los rockeros y la pareja en separación

Lunes a la noche, ceno solo en Rondinella. No es como en el diario íntimo de Bioy Casares que dice "cena en casa Borges". Yo ceno solo. O más bien acompañado por las mesas que me rodean. Los escucho atentos, aunque ellos no lo sepan, aunque al mirar hacia mi mesa vean a un pibe ensimismado en sus papeles y en un libro que de vez en cuando cierra para servirse un vaso de soda. Mesa uno, al costado izquierdo. En la misma que estaban las tres chicas sex and the city de la semana anterior, ahora hay una pareja (14 años juntos), pinta bajón. Él, camisa blanca (acaba de llegar del trabajo), saco gris oscuro en el respaldo de la silla de al lado, se acerca para escucharla a la mujer que llora y que le dice que él no es feliz porque no se compromete con nada. Nunca se comprometió y todo en su vida fue siempre superficial: con los amigos, con el trabajo, incluso con los deportes y con ella misma, "estuvimos catorce años equivocados", le tira la mina que parece tener razón porque el tipo ni se inmuta. Y, como si se despertara recién diez minutos después de que la mina esté llorando, el sujeto empieza a discutir con ella porque dice que él sí se compromete, él sí quería que las cosas mejoraran. Se acercan. Hablan más despacio; Chiche, el mozo que es un calco del uruguayo Jaime Roos, le trae a él un café y aunque los interrumpe ellos no dejan de discutir y en un momento el hombre lanza: "lo único que te digo es que tengas cuidado con las nenas". Me pregunto si así volverán a la casa, si seguirán juntos, si arreglarán las cosas en la vereda antes de entrar al edificio. Piden la cuenta, la traen, pagan y se van. Mesa dos, adelante. Una familia aguarda que lleguen el hermano y el amigo. Acaba de llegar Padre. Antes estaban Madre, el hermano Menor (menos de veinticinco), Rosario y el novio, que están por casarse y están buscando departamento (hoy vieron uno precioso en Palermo, bien cerca del zoo pero Rosario duda porque le dijeron que en verano hay olor; a qué nivel, pregunta, pero el hermano menor le dice que hay olor pero te acostumbrás, que no es lo mismo que vivir junto a un basural). Y no, indudable. Entonces llega Padre, que se quita el saco y lo cuelga en el respaldo de la silla. Camisa blanca, pinta de buena onda, empieza a pedir una provoleta y le pregunta a los chicos cómo les fue en la búsqueda de departamento. El novio, no sé si el apodo es Chapa o Chagas, porque el hermano menor no modula, dice que les fue bárbaro y cuenta todo lo que Rosario contó antes. Salvo por los detalles en las paredes y la disposición de los ambientes. Chagas (me gusta el apodo y pienso en ponérselo a alguno de mis personajes: Chagas) habla de guita. Padre dice que cuando se decidan (no hay que apurarse, siempre hay alguien que necesita la guita al toque y se puede empezar a negociar, dice) le dejan la negociación. Padre tiene una inmobiliaria. Seguro. Rosario atiende su celular y es su amiga Omi, que le pregunta cómo está. Resulta que Ro, como le decimos los que le tenemos confianza, estaba mal de salud, una estupidez, pero tenía que terminar de hacerse estudios. Después le cuenta a Omi todos los detalles de cada uno de los cinco departamentos que vio durante el fin de semana y le dice que a Canadá. Pienso en la coincidencia porque yo también viajo pasado mañana a Canadá. No creo que viaje con ella como acompañante de asiento ya que siempre me toca con una vieja con olor a naftalina, una gorda insoportable o un tipo con su mujer, siempre arriba de los sesenta, que me pelea por la posición estratégica del codo en el apoyabrazos. Al rato llega el hermano mayor (que pidió por teléfono un cerdo a la naranja para sorpresa de todos) con la novia. O no, es un amigo, algo así como un híbrido entre Jagger y Richard Ashcroft. Sacón largo, estrecho en la cintura, pelo largo. Se me ocurre que los hermanos de Rosario + el amigo Jaggshcroft forman una banda de brit pop de cabotaje o algo similar a los Kings of Lion o tal vez son una imitación from Balvanera de los Jonas Brothers. Llegan las dos ensaladas verdes, el pollo a la parrilla para Ro, los bifes de chorizo para los demás. Comen. Al hermano menor le gustó la última película de Adam Sandler. Hermano mayor no lo escucha, pero cuando Hermano mayor habla, el menor dice qué quién cuándo y el padre, que está en el medio de los dos, le dice: boludo, cada vez que te hablo no me das ni cinco de pelota y cuando este dice una pelotudez te morís por saber qué pasa. El padre es buena onda y lo dice así. Me acuerdo cada línea. Más adelante, una mesa de amigos dicen que pusieron un aviso buscando a un rugbier diseñador gráfico. Se ríen. Deben ser diseñadores porque saben que esa combinación es medio difícil. Al volver a casa, llueve. En la cuadra de mi edificio estaciona un auto y bajan dos hombres. Policias de civil porque se les escuchan las radios cambio y fuera. Miran hacia los techos de la casa abandonada que está junto a la mía. Donde por las noches los gatos pelean contra fantasmas.

22 septiembre 2008

metro cuadrado

Domingo, cuatro de la tarde. Termino de ver el partido de Nalbandian en la casa paterna y acaba de empezar el quinto punto definitorio, pero prefiero irme, caminar un rato, pensar más de lo que se recomienda. Mala decisión la de caminar un rato porque elijo llegar hasta el Museo de Bellas Artes sin tener en cuenta que es domingo, y que es 21 de septiembre, y que la feria de Plaza Francia es un cuello de botella insoportable, con adolescentes que se abrazan y se besan y se pasan temas de celular a celular y cantan canciones de amor con guitarras criollas y bufandas estilo Arafat en el cuello. Basta. Empiezo a caminar más rápido y llego hasta el Museo de Arte Decorativo, ingreso por el estacionamiento, donde están las mesas de un cafecito muy simpático. Pero no me siento. Me dan alergia las viejas pitucas. Llego hasta el Museo Evita. Alguna vez me habían dicho que el restaurant era muy bueno así que me quedo en el patio, tranquilo, poca gente, sin música, tranquilidad para poder leer un buen libro. Me ubico junto a dos chicas, una más grande que la otra. Una, la más grande, es mexicana. No sé si es dueña de un hotel o canta en algunos hoteles porque habla de la vez que cantó en uno de Playa del Carmen. Pienso que si es la dueña puede hacer lo que quiera, total el hotel es de ella. Debe tener plata. Se mantiene bien, incluso se hizo un par de lipoaspiraciones y va al gimnasio tres veces por semana. Se nota. En cuanto me siento le pregunta a su amiga (son amigas, sin duda, o primas, no sé, o tal vez ella, dueña de un hotel, la tiene como gerenta de relaciones públicas a la chica argentina, poco más o menos treinta años, anteojos negros, no parece linda pero tampoco es horrible, al menos tiene un toque de onda) cómo puede ser que las Aleph Residences de Faena puedan costar seis mil dólares el metro cuadrado.
- Hijo de una reverenda chingada - dice la mexicana, que no puede creer cómo son tan caras. Yo también leí esa mañana la nota en el diario: seis mil dólares el metro cuadrado. Hijo de la chingada. Me gusta esa expresión. La mexicana dice que un departamento en Nueva York, en plena Quinta Avenida, cuesta siete mil dólares el metro cuadrado. Me gustaría agradecerle el dato: siempre quise saber cuánto costaba un dos ambientes en NY. Me gustaría contarle que yo viví dos años arriba de la Quinta Avenida, pero la pendeja argentina le diría, sonriendo, que esa es una galeria que está muy cerca de Retiro. Igual no le digo nada y sigo escuchando, mientras la mexicana comenta sobre las medialunas que acabo de pedirme. Incluso antes de pedir la cuenta se piden un par de cafés americanos, ella, la mexicana, la hija de la chingada, se pide una medialuna sólo para probar, porque la tenté. La mexicana después cuenta sobre su departamento ubicado en la zona más cara del DF: cuesta doscientos cincuenta mil dólares. Y encima quiere comprar otro en Buenos Aires, pero antes quiere ver dónde invertir. Entonces pienso que la argentina, arquitecta de más o menos treinta años, es su asesora en asuntos inmobiliarios. También hablan de Víctor, el novio de la mexicana que trabaja demasiado y va de un lado a otro del DF a Cancún, y vuelve a verla por el fin de semana, incluso la semana que viene estará en Buenos Aires porque la extraña. La argentina le cuenta de un biólogo que conoció hace un par de noches en una fiesta. El biólogo le empezó a hablar de la evolución del ser humano y la argentina, arquitecta, le quiso cambiar de tema. No pudo. Pero le divirtió cómo el biólogo le fundamentaba sus teorías, así que por ahora se olvida del pibe con el que está saliendo, que al final no se decide si avanza o no, pero que el lunes, cuando cenaron con la mexicana (deben ser primas, capaz), el pibe de la argentina estuvo de lo más bien. Tal vez pensaba en las vacaciones que podría tomarse en el departamento de la hija de la chingada de tres mil dólares el metro cuadrado. Se me ocurre. Mi gira sigue hoy lunes, en Rondinella (espero que conozcan esta cantina de Alvarez Thomas y Dorrego, ya me siento Vidal Buzzi) y ocupo la mesa junto a un grupo de tres mujeres (las tres casadas, efervescencia sex and the city), que arañan los cuarenta. Una se queja porque a la suegra le llegó un primo de Estados Unidos y le regaló veinte mil dólares para que se mude a un departamento más grande.
- Lo tuyo es envidia - le dijo la guacha que tenía enfrente.
- No, lo mío es bronca.
- Ni siquiera es bronca. - le dijo la tercera- Lo tuyo es odio.
Y el marido que le quiere pedir prestados siete mil dólares a la madre para cambiar los muebles de la casa.
- Yo ni pienso gastar plata en cambiar muebles - le respondió ella.
Parece que el marido se le ofendió.
No sé. Mientras las bolsas del mundo se derrumban y los chinos están a punto de comprar todos los bancos estadounidenses, paso las páginas de mi libro. Sigo en Chacarita. En un dos ambientes (de mucho menos de seis mil dólares el metro cuadrado) y le enciendo velas a Mao, a Yuya y a la planta ya muerta que me regaló Aquiles.