Los noventas dejaron su marca en Internet: Internet es una utopía que se cae cada cinco minutos. Pero la caída de la utopía no evita, por otra parte, que cada cinco minutos alguien más realice download de tal utopía. Y cuando aparezca una nueva tecnología de escritura, el blog tendrá la misma suerte que el chat y luego el messenger: se sumarán a los tecnologías de escupitajo. Junto al libro, por supuesto; principalmente, él. El padre del blog fue el email, donde millones de personas redescubrieron el flujo del texto, el poder de la palabra escrita, la libertad de soltarse, lo maquiavélico de tener Lector. Pero el blog, siento decirlo, se parece cada vez más a su abuelo.
En la literatura electrónica rige la rapidez. Y, por ende, el desecho crece. Los autores se vuelven objetos de consumo, fast food de la mente. Pero, no lo olvidemos, oh hipopótamo lector, tú también te vuelves comida rápida. En Internet, todos resultan desechables. Hecha de exceso de texto e imágenes, la Red es el basurero más grande. En todo tiradero muy poco se recicla. La tecnología electrónica evidencia la mortalidad del texto y sus oficiantes. Todos tendremos muerte rápida.
Te seré franco: la mayoría de lo que publican las editoriales y revistas me parece una absoluta mierda, la mayoría apesta. Debido a mi incurable optimismo, me mantengo atento a las novedades bibliográficas norteamericanas y latinoamericanas, principalmente y, oh dioses mayas, los humanos no mejoramos. (Ni siquiera por no ser europeos). Mido a la escritura por su grado de tensión. Un buen texto me produce el temor de que si intento abrir un milímetro el espacio entre una palabra y otra, me va a estallar en la cara. En un buen texto, no hay que tocar ninguna zanja. Campo minado, hermano. Y la mayoría de los libros y textos impresos son gelatina asoleada.












